Los pagos de Europa pasan por Washington — ahora se cartografían los riesgos si se interrumpe el acceso
Cada pasada de tarjeta que realiza un europeo pasa con gran probabilidad a través de un sistema controlado desde Washington o Nueva York, no desde Bruselas. Ahora las autoridades reguladoras europeas han comenzado a cartografiar qué sucede realmente con la economía del continente si se interrumpe el acceso a Visa, Mastercard o Swift. La respuesta es inquietante, y la pregunta nunca ha sido más urgente.
La dependencia que nunca se discutió — hasta ahora
Cada vez que un europeo pasa su tarjeta en la caja, realiza un pago digital o envía dinero a través de una frontera, la transacción pasa con gran probabilidad a través de un sistema que es propiedad y está operado fuera de la jurisdicción de la UE. Visa, Mastercard, Swift — los nombres son bien conocidos, la infraestructura es vital, pero el control sobre ella se encuentra en Washington, Nueva York y Virginia.
Es precisamente esta imagen la que las autoridades reguladoras europeas ahora intentan delinear en detalle, según reporta Finextra. El objetivo es cartografiar dónde se encuentran las dependencias críticas, qué servicios carecen de alternativas europeas creíbles y — quizás lo más importante — qué sucede si algo sale mal.
No es una pregunta nueva, pero es una preocupación nueva
El debate sobre la soberanía financiera europea no es nuevo. Ya después de la crisis de 2012, cuando Visa y Mastercard bloquearon temporalmente los pagos a WikiLeaks, los analistas comenzaron a advertir sobre los riesgos de tener la infraestructura de pagos de un continente almacenada en manos de otros países. Las reacciones a las sanciones estadounidenses contra Rusia en 2014 y 2022 mostraron cuán poderosos pueden ser estos instrumentos — pero también qué tan rápidamente pueden afectar a terceros no intencionales en países inmersos en conflictos geopolíticos que no eligieron.
Lo que ha cambiado es el contexto. Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y Europa han adquirido en el último año un tono más agudo. Aranceles, regulaciones tecnológicas y barreras comerciales digitales señalan que la relación transatlántica ya no es un dado. En esa situación, una dependencia total de las redes de pagos estadounidenses se presenta como una exposición estratégica más que como una ventaja práctica.
Las autoridades reguladoras subrayan, según Finextra, que el propósito no es cerrar la puerta a actores extranjeros. Se trata de garantizar que la UE tenga control, transparencia y resiliencia suficientes — en particular, la capacidad de intervenir si algo sale mal, sin necesidad de pedir permiso a un país con sus propios intereses.
¿Dónde están las vulnerabilidades reales?
Hay varios niveles en esta dependencia, y no siempre son visibles. En la superficie se trata de redes de pagos con tarjeta — Visa y Mastercard manejan la mayoría de todos los pagos con tarjeta dentro de la UE, y no hay alternativa europeo interno que se acerque a la misma escala. El EPI, la iniciativa de pagos europea, ha sido prometida durante mucho tiempo como la solución pero sigue teniendo una vida limitada con apoyo desigual de los bancos europeos.
Más profundamente se trata de infraestructura de transacciones, servicios en la nube y plataformas tecnológicas que manejan la compensación y liquidación. Muchos de estos sistemas son operados por empresas tecnológicas estadounidenses, lo que crea una dependencia secundaria que rara vez se discute públicamente pero es al menos igual de crítica.
Y luego está Swift — el sistema de mensajería de pagos bancarios con sede en Bélgica pero dominante globalmente. A pesar de que Swift es formalmente una organización cooperativa con raíces europeas, el sistema ha actuado históricamente bajo fuerte influencia de los regímenes de sanciones estadounidenses. Basta recordar la exclusión de bancos iraníes para entender lo que tal instrumento puede significar cuando se dirige en la dirección equivocada.
La oportunidad en la crisis
Aquí elijo ver la oportunidad frente a la amenaza — y hay oportunidades reales. El mapeo de estas dependencias por parte de la UE es un paso necesario hacia una infraestructura financiera más sólida e independiente. Europa tiene la competencia, el capital y el mercado interno para construir alternativas de clase mundial. Lo que ha faltado es la voluntad política y — si soy honesto — la sensación urgente de necesidad.
Esa sensación existe ahora.
Si el trabajo de regulación conduce a requisitos concretos de redundancia, alternativas nacionales y derechos regulatorios fortalecidos sobre infraestructura crítica, podemos ver dentro de cinco a diez años una Europa que es significativamente menos vulnerable — y considerablemente más competitiva — en el ámbito financiero. No es proteccionismo. Es una gestión de riesgos inteligente en un mundo donde la geopolítica ha cambiado fundamentalmente.